Hay quien
defiende que etiquetar un conflicto, un problema o alguna persona, puede ayudar
a saber que hacer y conocer la receta previa para actuar en el caso. Por
ejemplo no es lo mismo decir que alguien es “alcohólico” a decir que alguien “bebe
mucho”.
Muchas
veces los profesionales de cualquier ámbito necesitan, conocer “ la enfermedad
que es” para ver su tratamiento.
Pero
¿es igual en un proceso de mediación? Tras muchos años la profesión me enseñó
que no es bueno etiquetar, porque ante un proceso como el nuestro, flexible, en
el que intentamos siempre ver cada caso como único y distinto a los demás y
profundizamos en lo ocurrido para ayudarles a que tomen una decisión sensata y
duradera, no me gusta etiquetar,
Etiquetar
tus emociones o experiencias internas te ayuda a comprender lo que sientes y
saber cómo actuar de forma adecuada.
Etiquetar
es un error que bloquea la comunicación y activa la actitud defensiva. Es más,
estamos viviendo actualmente que etiquetar una profesión también lo puede ser.
Somos muchos los que ya nos gustan que nos llamen “gestores de conflictos”
porque etiquetarlo de mediación, conciliación, facilitación, derecho
colaborativo etc. nos lleva a establecer límites a nuestra labor.
Y
siempre recordaré aquella señora que un buen día me vino a verme a mi estudio,
y tras contarme lo que le ocurría me dijo textualmente:
“la verdad es que como usted
es, usted es… ¡es que estoy muy nerviosa!. Bueno me da igual como se llame…
como usted me va a ayudar”
Habrá una frase más bonita.
Y también
hemos de analizar el ¿por qué es un problema etiquetar a las personas?
- Pienso
que fundamentalmente cierra el diálogo: Reduce a una persona o a una situación
a una sola palabra impide entender el problema real.
- También
aumenta la tensión: Los ataques personales generan resistencia y provocan que
la otra parte en el conflicto responda con reproches o silencio.
- Evita
el esfuerzo de deconstruir el conflicto y reconstruir la relación: Poner
etiquetas como "conflictivo" ahorra un trabajo interno o una escucha
empática genuina.
Por
ello desde la mediación debemos cambiar el enfoque de las etiquetas si se producen a lo largo de un proceso, a lo
que ayuda mucho dominar plenamente la técnica del “parafraseo”.
En vez
de juzgar a la persona, describe la conducta: que no digan "eres un
grosero y no me dejas hablar", consigue traducirlo en "cuando
interrumpe, no será posible terminar de conocer la idea".
En vez
de imponer una emoción, propón una percepción: No digas "creo que estás
enojado", di "noto que pareces frustrado, ¿es así?".
Separa
los sentimientos de los hechos: Concéntrate en la situación específica que
causa el problema y no en rasgos negativos del carácter.
Es
cierto que quien defiende los beneficios de etiquetar, básicamente lo ven desde
la idea de saber reconocer y aplicar una
guía de acción, algo que nos permite una mayor claridad de intervención.
Pero
los mediadores y mediadores sabemos intervenir desde el descubrimiento de que
cada caso es único y no hay una misma fórmula para diferentes casos.

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