La semana pasada tuve el honor
de ser invitado a un encuentro de zoom por parte de la Asociación Madrileña de
Mediación, en la persona de su presidenta Rocío Sampere y os puedo asegurar que
disfruté mucho con las intervenciones de todos aquellos que tuvieron la
deferencia de conectarse.
Lo primero que comenté es la
importancia de haberle llamado al encuentro con la palabra “conversatorio”,
porque con ello el beneficio entre todos era evidente: es la convergencia
de quienes, poseyendo diversos saberes, se reúnen para compartirlos, para
intercambiarlos, para ponerlos a prueba al confrontarlos con otros saberes
Quería reflexionar sobre las
consecuencias de llegar o no a un acuerdo cuando iniciamos un proceso de
mediación.
Y lo primero que propuse es la
necesidad de llegar a una situación de madurez necesaria en la negociación para
que ello se produzca.
Así se inició la “conversación”.
Conversar, querido lector, es comunicar en ambas direcciones. La diferencia
entre conversar y comunicar es muy importante también en mediación. Se habla de
comunicar, hablar, ser asertivo, empatizar, escuchar, dialogar, pero pocas
veces se habla de la necesidad de conversar entre los mediados.
La conversación entre y con
ellos, muchas veces se centra en sus posiciones, lo que piden (conversación
posicional); otras veces tratamos en la misma su situación emocional para
calibrar el momento idóneo de avanzar (conversación emocional); otras veces
intentando restaurar heridas buscamos una conversación más curativa (conversación
terapéutica) buscando la transformación de las relaciones entre ellos; y por
último obtendríamos una conversación transaccional, en la que busquemos y
hallemos las cesiones y concesiones necesarias para llegar a un acuerdo. Así
lograremos transformar conversaciones en decisiones, decisiones en acciones y
acciones en resultados.
Llegar a un acuerdo permite
avanzar, resolver conflictos, que no olvidemos en nuestra principal misión y
generar beneficios mutuos, aunque también conlleva el riesgo de ceder en
intereses propios y requerir un seguimiento constante ante posibles decepciones
si el acuerdo no es estable.
Aún así lo cierto es que si no
se llega a un acuerdo lo más común es que se intensifique el conflicto, se deterioren
las relaciones o incluso genere una frustración difícil de gestionar
posteriormente.
Finalmente me atrevería con
ocasión de aquél conversatorio las distintas consecuencias de llegar o no a un
acuerdo.
Las consecuencias de conseguir
un acuerdo las resumiría de la siguiente manera:
Ventajas: Permite
el crecimiento, la transformación positiva de conflictos y la creación de un
marco de trabajo sólido.
Riesgos: Un
acuerdo sin claridad o mecanismos de seguimiento puede desmoronarse, causando
arrepentimiento por el tiempo perdido.
Necesidad de Gestión: Requiere
compromiso para cumplir lo pactado y un seguimiento para evitar
malentendidos.
Y las consecuencias de no
llegar a un acuerdo, yo señalaría:
El estancamiento: El
conflicto se intensifica, produciendo frustración, enojo y resentimiento.
La ruptura casi definitiva de
relaciones: La falta de consenso puede romper lazos personales o
profesionales.
Incertidumbre: Se
pierde la oportunidad de controlar la solución, obligando a asumir riesgos o
depender de terceras partes (juicios, arbitrajes).
Reflexión Final:
La clave reside en el “MAAN” (Mejor Alternativa a un Acuerdo Negociado). Solo
se debe cerrar un trato si la propuesta es mejor que el plan B, evitando el
"acuerdo por presión" que lleva al fracaso posterior. Ambas
situaciones son oportunidades: el acuerdo para cooperar y el desacuerdo para
reevaluar y fortalecer la propia postura.
Por eso yo te recomendaría que
en el acta final de acuerdo, pongas una fecha de revisión del ACUERDO, DA UNA
GARANTÍA, firmarán más convencidos

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